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Asesinato en el 29- Completo

La aventura de escribir este relato ha terminado, pero el relato permanece. En este post podréis encontrar la historia completa. ¡Quédate en casa y resuelve el enigma!

Antecedentes

El difunto Julio Raposo:

Entrevistas:

Leandro Candil

Maribel Díaz

Leonor Medina

Ramón Miralta

Casimira Espunglás

Informes y documentos:

La autopsia

La llamada al 112

La escena del crimen

El informe de la científica

Y cuando os hayáis formado vuestra teoría y estéis listos para averiguar quién es el asesino, pinchad aquí para confirmar vuestras sospechas.

Destacada

Asesinato en el 29- Recopilación

Todas las pistas están ya sobre la mesa, queridos consultores. El boceto en blanco y negro ha ido tomando colores, algunos primarios, otros secundarios, pero todos necesarios para completar una historia a la que tan solo faltan unos toques, unos matices que os corresponde a vosotros, y no a mí, rematar. Esos huecos continúan en blanco y negro y solo vuestras preguntas e indagaciones conseguirán desvelar los colores que les corresponden. No seáis tímidos ni reservados, cualquier teoría, cualquier hipótesis, es buena. Ahora os toca a vosotros guiar los pasos que le quedan al inspector Zagala por dar. En el apartado de comentarios espera vuestras propuestas. Aún estamos a tiempo de indagar, de interrogar, de analizar…

Aquí podéis revistar todos los documentos de nuevo. Quizás, en una segunda lectura encontréis algo que se os había escapado. Tenéis hasta esta tarde a las 20:00 para formular todas vuestras dudas y preguntas, pues mañana a las 13:00 se procederá a la detención del que el inspector cree culpable, lo sea o no.

Antecedentes

El difunto Julio Raposo:

Entrevistas:

Leandro Candil

Maribel Díaz

Leonor Medina

Ramón Miralta

Casimira Espunglás

Informes y documentos:

La autopsia

La llamada al 112

La escena del crimen

El informe de la científica

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Asesinato en el 29

El número 29 de la calle Cubillas es un edificio muy antiguo, pero aún conserva el carácter señorial con que fue construido por uno de los más ilustres apellidos de la ciudad. Desafortunadamente, el apellido, al igual que el edificio, fue cayendo en desgracia, hasta que se vio obligado a venderlo planta por planta. Eso sí, con mucho miramiento y tras un proceso de selección, pues no quería el ilustre apellido tener por vecinos a inquilinos que no estuvieran a la altura de su elevada posición social. De esto han pasado ya muchos años; sus actuales moradores tan sólo se han distinguido en la vida por seguir viviendo del cuento y de las herencias que aquellos les dejaron.

Cinco plantas tiene la construcción y cinco son sus ocupantes. La media de edad de todos ellos roza la friolera del número ochenta, siendo la más joven Casimira Espunglás, aun cuando en su carnet pueden contarse setenta primaveras y alguna más. Ella es quien ocupa la tercera planta. Solterona y ricachona, solo encuentra entretenimiento en su misa diaria y en el cotilleo. Nada pasa en el edificio y sus alrededores sin que ella tome buena nota de quién, cómo, cuándo y dónde.

Por seguir un orden razonado, continuaré con el habitante del cuarto piso. Don Ramón Miralta se hace llamar, aunque de don nunca tuvo nada. Vividor y aventurero en sus años mozos, dilapidó la fortuna familiar entre la bebida y el juego. Por las noches es más fácil encontrarle en un bar o en el bingo que en su casa durmiendo.

En el quinto nos encontramos con Leonor, viuda de Medina, capitán del ejército del aire que murió al poco de casarse. Ella sigue con el luto a pesar de que el desgraciado la palmara por una mala seta a finales de los setenta. Todo el mundo la conoce como la Viuda Alegre: tal es su afición al clarete, en las horas decentes, y al whisky con hielo, al cual no duda en pasarse en cuanto el sol comienza a ocultarse.

Bajamos del quinto al segundo, donde vive Julio Raposo. Acertado el apellido que describe a la perfección la personalidad de este polémico inquilino. Autoproclamado pensador, fue bastante conocido en los círculos intelectuales de la época de Franco y siempre ha sido fiel defensor de que, por aquel entonces, se vivía mejor. Nadie le ha visto salir de su casa en los últimos cinco años, pero saben que sigue vivo porque todos los días, sin excepción, tiene la radio encendida a todo trapo desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, hora a la que se acuesta para dormir sus doce horas diarias que, según él, “son totalmente necesarias para mantener la mente clara y despejada”.

Y, por último, el primero, residencia del doctor Leandro Candil. Que no os engañe lo de doctor porque nunca en su vida ejerció; su doctorado era en literatura, hispanoamericana más concretamente, y no en medicina como quería hacer creer a la gente. Un ictus le dejó hace años postrado en una silla, paseada calle arriba y calle abajo por Maribel, una mulata cubana a la que contrató de interna para que le cuidara su único sobrino, pues este trabaja de ingeniero en Alemania y sólo le visita en Navidad y alguna que otra fiesta de guardar.   

Como ya os podéis imaginar, para algunos de los inquilinos fue más fácil que para otros lo de quedarse en casa cuando decretaron el estado de alarma. A pesar de sus diferencias, al empezar el confinamiento decidieron por unanimidad que sería la cubana la encargada de surtirles de comida y medicinas y que ella, y solo ella, podría salir y entrar del edificio con total libertad. El nuevo estilo de vida se impuso en el 29 con sus más y con sus menos, pero no fue hasta el décimo día de encierro que ocurrió la terrible desgracia que ahora os paso a relatar.

Era un martes bien temprano cuando el sonido de un disparo rebotó por descansillos y escaleras, dispersándose como el eco y saliendo por las ventanas afuera, alertando así a un vecino de la casa de enfrente, que fue quien finalmente avisó a la Policía. La patrulla no tardó mucho en llegar — ahora que apenas hay tráfico resulta más fácil y rápido—, pero conseguir que alguien les abriera la puerta les llevó una eternidad: del primero y del segundo no obtuvieron respuesta; Casimira Espunglás les respondió que a ella no se la pegaban, que si eran policías que lo demostraran; don Ramón Miralta les gritó que mientras “el bicho” siguiera suelto, “aquí no entra ni dios”, y Leonor, señora de Medina, les dijo que si tan policías eran, que abrieran ellos mismos la puerta. Fue Maribel, la cubana, quien regresaba cargada de bolsas de la compra, la que finalmente les dejó entrar al verlos nerviosos y enfadados esperando frente a la puerta del edificio. Subieron con ella al primero, donde hallaron al doctor Leandro en su cuarto, tumbado en la cama tal cual le había dejado la cubana. De allí pasaron al segundo y, ante la falta de respuesta, tuvieron que derribar la puerta. Armaron un buen estropicio, pues estaba atrancada y casi se llevan el marco de la puerta al intentar abrirla por la fuerza. Revisaron habitación por habitación hasta que dieron con el cadáver en la cocina. Julio Raposo yacía tendido en el suelo con un agujero en medio del pecho. Apagaron la radio, que estaba a todo trapo, y comenzaron las llamadas a las distintas autoridades y unidades policiales que se encargarían de resolver el crimen sucedido en el 29.

En menos de una hora, policías y periodistas invadieron el edificio por completo. Reunieron a los vecinos, los interrogaron, procesaron la escena del crimen, la precintaron… vamos, que desplegaron el circo completo en menos de lo que canta un gallo. Todo se hizo correctamente. Todo se hizo bien, pero dos semanas han pasado y no hay detenido alguno. Sospechosos… muchos.

Quizás, la visión de consultores externos ayude a avanzar la investigación. Os pido vuestra ayuda para encontrar al asesino. Cada día a las 12 y a las 20 horas iré publicando los documentos de la investigación que me vayan llegando para que podáis echarles un vistazo y llegar a vuestra propia conclusión. En los comentarios vuestras teorías, por favor.

Microrrelato- La enóloga

Hace días que tengo pendiente subir este microrrelato que he escrito para un concursillo. No es que sea bueno ni que tenga ningún interés especial en compartirlo, pero es un claro ejemplo de la importancia de LEER bien las bases. Siempre les digo a mis alumnos que deben leer y comprender los enunciados de los ejercicios antes de empezar a resolverlos y a la primera de cambio ¿qué es lo que hago yo? Esto es lo que se conoce como un “zas en toda la boca”. El tema es que el microrrelato debía tener 650 caracteres como máximo y yo escribí 650… palabras. Mi cara al transcribir el texto en la plataforma del concurso debió de ser todo un poema, sobre todo cuando opté al corta-pega para salir del apuro. A continuación podéis leer los dos textos y comparar.

La enóloga

                Y todo comenzó con una copa de vino, de la forma más casual que uno se pueda imaginar. Aunque de casual no tenía nada. En el bolsillo derecho de su cazadora él llevaba una libreta donde había apuntado, con una caligrafía extremadamente fina y pulcra, fiel reflejo de su minuciosa personalidad, todos los datos que había logrado recopilar sobre ella. En la primera hoja había escrito la fecha del primer día que la había visto. Estaba sentada en aquel mismo bar bebiendo vino con una amiga morena más o menos de su misma edad, unos cuarenta. También tenía apuntados, entre otros muchos datos, su nombre, Irene; el lugar donde vivía, a un par de calles de donde se encontraban ahora; el lugar donde trabajaba, una bodega ubicada a unos pocos kilómetros de la ciudad; el recorrido de su carrera diaria por el río y la residencia en la que vivía su madre, a la que visitaba en días alternos para sacarla a dar un paseo.

                Tras varias semanas acechando, decidió que aquel era el lugar y el momento perfecto para hablar con ella por primera vez. Optó por la clásica maniobra de volcar su copa accidentalmente para luego poder invitarla a otra. Ella se había mostrado reticente al principio, pero en cuanto él pidió una copa de su propia bodega ella no se pudo negar. Y así es como comenzaron a hablar. Bebieron y hablaron durante un buen rato y, cuanto más hablaban, más perfecta le parecía ella. Era guapa, divertida, algo descarada, inteligente y, además, demostró ser una persona viajada y con un toque de aventurera que nunca se hubiera imaginado al verla. El conocimiento que él tenía sobre el mundo del vino se limitaba a las cuatro marcas más comerciales de su país y a algún que otro vino francés con la palabra château en la etiqueta, por eso, con cada nuevo vino que ella le daba a probar, le descubría todo un mundo de caldos elaborados en aquellas tierras que le supusieron todo un descubrimiento. Quizás, fuera la pasión con que describía sus tonalidades, sus aromas y los sabores que, por mucho que ella se empeñara, él no apreciaba, pero cuanto más la escuchaba más se convencía de que era una persona completamente enamorada de su profesión.

                Después de varias horas ella se disculpó porque tenía que ir al baño. Mientras le daba la espalda y se alejaba entre las mesas hacia el lado opuesto del local, él se permitió mirarla de arriba abajo con cierto descaro. Entonces, apuró de un trago el vino que quedaba en su copa, sacó su libreta y anotó el nombre de la última botella que habían vaciado para comprarlo más tarde en la vinoteca de su barrio. «Lástima que deba liquidarla», pensó mientras se levantaba y se dirigía hacia los baños, «sería la madre perfecta de esos hijos con los que siempre he soñado».

VERSIÓN CORTA

                Y todo comenzó con una copa de vino, de forma totalmente casual. Pero de casual no tenía nada. En su libreta él tenía anotados los datos que había logrado recopilar sobre ella. Tras varias semanas acechando, consideró que aquel era el momento adecuado. Optó por la maniobra de volcar su copa accidentalmente y, con la excusa de invitarla a otra, comenzaron a hablar. Bebieron y hablaron y, cuanto más hablaban, más perfecta le parecía ella. Horas después ella se disculpó porque tenía que ir al baño. Él la miró alejarse con descaro, apuró de un trago el vino de su copa, anotó en la libreta el nombre de la botella que habían vaciado, para comprarlo más tarde, y se levantó. «Lástima que deba liquidarla», pensó mientras se dirigía hacia los baños, «sería una madre perfecta».

Relato- La llegada

Este relato lo escribí más o menos hace un año para un concurso de temática libre, pero como lo convocaba una asociación cultural de un pueblo, decidí volver a tratar la temática rural con la que tan bien me fue en el primer concurso al que me presenté. Esta vez no hubo la misma suerte, pero estoy contenta con el resultado de lo que escribí. Lo más curioso es que hace unas semanas vi una noticia que me trajo el recuerdo de este cuento. Os voy a dejar el relato y más abajo el enlace a la noticia para que podáis leer aunque solo sea el título y veáis que, a veces, la ficción y la realidad van dadas de la mano.

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El alba le había sorprendido despierto. Para cuando cantó el gallo por vez primera él ya estaba vestido y aseado. No había sido capaz de pegar ojo repasando mentalmente todo lo que tendría que hacer al día siguiente. No quería olvidarse de nada. Es más, todos contaban con él, así que no podía olvidarse de nada. A eso de media noche tuvo que levantarse para anotar en un papel la lista de tareas que se había auto impuesto, pero cada vez que regresaba a la cama se le ocurría algo nuevo. De esta forma pasó el Matías la noche: yendo y viniendo, dormitando y escribiendo.

            Lo primero que hizo fue abrir el portón y mirar al cielo. Hacía años que el tiempo le importaba un bledo. A su edad, se vivía con el frío y la humedad metidos en el cuerpo, así que atizaba la lumbre ya fuera verano o invierno. Y si llovía tanto mejor, el campo lo agradecería y de ese modo él tenía una excusa para no salir de casa, que ya hacía tiempo que le costaba. Pero aquel día la climatología sí que le pareció relevante. Un vistazo le bastó para saber lo que se avecinaba: el cielo asemejaba un tejado de uralita y, aunque aún no llovía, calculaba que no tardando empezaría. Pondría en marcha entonces el plan B, “mejor ser precavido que lamentarse después”, pensó para sus adentros.

            “¡Ya va, ya va!”, le dijo la Rogelia. “Vete a cagar”, le saludó el Antonio. Y así, casa por casa, los fue despertando a todos. Sacó la lista del bolsillo y tachó la primera de las tareas. “Una cosa menos”, se dijo. Luego, con paso lento, pero decidido, subió la ligera cuesta que llevaba a las antiguas escuelas cargando una carretilla repleta de tozas y ramitas secas. Prendió la chimenea y se quedó un rato allí, mirando, recordando esa época en la que el pueblo estaba lleno de niños que abarrotaban aquellas aulas y alegraban la vida con el sonido de sus letanías: “dos por uno es dos; dos por dos cuatro, dos por tres…”. No quiso que la añoranza se le pegara al cuerpo, ese día no, así que se sacudió el sopor que le estaba entrando allí parado a base de mover mesas y sillas para dejarlo todo despejado.

            Salió de nuevo a la calle y enfiló hacia la iglesia, hasta llegar a casa de la Teresa. No le hizo falta llamar a la puerta, le había dejado una bolsa colgada de la cancela. Agarró una escalera y con gran dificultad comenzó a trepar. Ya no estaba para esos trotes, pero él era el más joven del pueblo, tenía que ser capaz de hacerlo. Aquel iba a ser un día de fiesta, no podían faltar los banderines, así que la Teresa los había elaborado a base de telas viejas. Fue colgándolos por donde sabía que pasaría el auto y para cuando terminó la faena, la lluvia, que hasta entonces le había respetado, por fin hizo acto de presencia.

            Una a una fue tachando de la lista todas las tareas y cuando quiso darse cuenta ya casi se le había echado el tiempo encima. Fue a su casa a cambiarse, no podía presentarse de esa guisa. Quería causar una buena impresión, así que escogió el traje que su hija le había comprado para los días de celebración. Cuando regresó a las escuelas ya estaban todos en su sitio. El aula olía a una mezcla entre perfume rancio y leña quemada, pero daba igual, todos estaban contentos y vestían sus mejores galas para el gran acontecimiento.

            Había hecho un gran trabajo, nadie se lo podía discutir. Cada uno, a su manera, le fue dando la enhorabuena: “¡Matías, has dejado esto precioso!”, exclamó el Genaro nada más verle entrar; “Si ya decía yo que me tenía que haber casado contigo y no con mi difunto esposo”, comentó riendo la Mariela; “Aquí huele a rata muerta”, apuntilló el Antonio.

            Ahora tocaba esperar, aunque ya no deberían tardar mucho en llegar. Los nervios estaban a flor de piel. Se miraban los unos a los otros, sin decir palabra, atentos a cualquier sonido que alertara de su llegada. Varias fueron las falsas alarmas, pero hasta eso de las dos no se oyó el sonido del motor. Aparcó frente a las escuelas y a los pocos minutos se abrió la puerta

– “¡Bienvenido!”, gritaron todos al unísono.

            El bebé se puso a llorar como un loco. Georgi y Dana no se lo tomaron a mal. Desde que habían llegado hace un par de años de Bulgaria les habían acogido como a uno más en la comunidad y agradecían esa bienvenida tan especial. Una vez se hubo calmado el pequeño fueron presentando a su hijo, llenos de orgullo, a todos los vecinos del pueblo. Algunos lloraban, otros reían, entre ellos el Matías. No era para menos la alegría: después de veinticinco años por fin volvía a haber un niño en Torcellida.

Aquí os dejo el enlace a la noticia del Diario de Valderrueda

Relato- Un viaje a la India (II)

Bien entrada la noche, que en España calculaba equivaldría a media tarde, entró en un locutorio lleno de lugareños tan absortos en las pantallas de sus ordenadores que ni se percataron de su presencia. Olía a curry y a sudor rancio, aunque apenas lo notó porque ya se había acostumbrado a los olores tan extremos y exóticos que inundaban todos los rincones de aquel inmenso país. Tras negociar la llamada con el encargado, se metió en una pequeña cabina que le obligaba a encorvarse para poder mantenerse de pie y marcó el 0034 seguido del número de teléfono de sus padres. “Un tono, dos, tres, cuatro, cinco y si al sexto no lo cogen, cuelgo, que eso es que no hay nadie en casa.”

-Mikel, ¿eres tú? -Nunca dejaba de sorprenderle ese sexto sentido que tenía su madre para reconocer una llamada suya antes si quiera de haber descolgado el auricular.

-Sí Amá, soy yo.

-Ya iba siendo hora de que llamaras, majo. Nos tienes a tu padre y a mí en un sinvivir de preocupación. -Su madre era una exagerada que gustaba de atribuir sus propios sentimientos a los de su padre, al que le costaba imaginar preocupado por algo más que los resultados del Athletic.

-No veas lo difícil que es encontrar aquí un locutorio –mintió.

-Osea, que wifi para enviar mensajitos a tu hermana sí, pero locutorios no. Claro -comentó su madre con sarcasmo -. ¿Qué tal estáis comiendo? -Su madre, como siempre, directa a lo que a ella le interesaba.

-Bien, Amá.

-¿Habéis comido ya el chorizo que te envié?

-Sí, hace un par de días.

-Mikel, a ti te pasa algo – afirmó su madre con la convicción de una pitonisa.

-No, ¿qué me va a pasar? –volvió a mentir por segunda vez en lo que llevaban de conversación.

-A mí no me engañas Mikel. ¿No me lo vas a contar?

 Permaneció varios segundos en silencio tratando de calcular con precisión matemática la mejor fórmula para decir lo que tenía que decir. Desde el otro lado de la línea podía oír los resoplidos del enfado que iba creciendo dentro de su madre, lo cual empeoraba considerablemente su propio nerviosismo.

-Ya no tengo la navaja del abuelo –confesó entrecerrando los ojos, como hacía de niño, en espera de la consabida colleja por parte de su madre.

Pero esta vez no hubo colleja, ni gritos, ni nada. El único sonido perceptible a través del auricular era el propio zumbido del aparato en forma de leve crepitar similar al de los grillos. Mikel, que se había preparado mentalmente para recibir toda clase de acusaciones e improperios, supo entonces la magnitud de la repercusión de sus actos.

-¿Qué has hecho con ella? –preguntó su madre con voz dolida tras lo que a él le pareció una eternidad.

Mikel tomó aire, como para infundirse el valor que necesitaba, y comenzó a recitar el discurso que llevaba preparado de antemano.

-Antes de contarte qué he hecho con ella tienes que saber lo que ha ocurrido a lo largo de la última semana. Hace cinco días, en un pueblo a medio camino entre Agra y Jaipur, la ciudad en la que nos encontramos ahora, me entró una diarrea y una fiebre de las malas.

-¿Cómo? ¿Por qué no nos has dicho nada? –inquirió la amatxu preocupada.

-Por favor Amá, no me interrumpas, déjame que te cuente primero. El caso es que me encontraba tan mal que tuvimos que alargar la estancia en aquel sitio un par de días más porque prácticamente no podía ni salir de la habitación. Nos alojábamos en un hostal nuevo regentado por un matrimonio joven que encontramos de casualidad. Fueron muy amables con nosotros: él me llevó al médico y ella fue a la farmacia a por los medicamentos y me preparaba cada día una comida especial sólo para mí. Mientras Andoni e Iker se iban a visitar templos y a hacer un poco de turismo, yo me quedaba solo en el hostal, pero el marido, que tenías que conocerle, Amá, más pequeño que yo y aparenta unos cincuenta años, venía todos los días a mi habitación a darme conversación. Bueno, toda la conversación que se puede dar cuando ninguno de los dos hablamos más que cuatro palabras en inglés. Nos comunicábamos por gestos o señalando cosas y, aunque no te lo creas, nos entendíamos a la perfección. Cuando ya me hube recuperado del todo, les propuse a Andoni y a Iker preparar una cena española para agradecerles todo lo que habían hecho por nosotros. Ya sabes que aquí comen sobre todo verdura y arroz. La ternera está prohibida, por eso de que es un animal sagrado, y el pescado es casi imposible de conseguir en zonas de interior como en la que nos encontramos, así que nos fuimos los tres al mercado una mañana y con lo que pudimos encontrar preparamos una tortilla de patatas y un gazpacho y, ya que se trataba de una ocasión especial, decidimos abrir el chorizo que me compraste.

Había hablado tan rápido y estaba tan nervioso que por un momento tuvo que parar a recuperar el aliento y, de paso, darle pie a su madre para que verbalizara las cuestiones que sabía que se moría por preguntar. Su madre no dijo nada, por lo que continuó con su explicación.

-Tenías razón en que los cuchillos de aquí son una birria, así que aquella noche decidí bajar la navaja a la cena. No te haces una idea de cómo la miraba Arwyn, que así se llamaba el marido.  Se pasó toda la cena observándola y ya al final me pidió que le dejara usarla. Parecía un niño con un juguete nuevo. La miraba y la acariciaba, sonriendo de felicidad. Sin pensarlo le dije que se la daba.

 -¿Pero tú estás loco? –exclamó su madre, sobresaltándolo de tal manera que no pudo evitar golpearse la cabeza con el techo de la pequeña cabina en la que se encontraba.

 -Lo sé Amá. Fue un impulso, no tenía derecho a dar algo que no era mío, pero es que…

 -No, hijo, ya sabes que una navaja no se regala.

-¿Cómo? –preguntó Mikel incrédulo.

-Pues eso, Mikel, que si le has regalado la navaja has cortado la amistad con ese hombre tan amable. ¡Eres un inconsciente!

Mikel no pudo evitar sentir un gran alivio al escuchar las palabras de su madre. Los sentimientos de culpabilidad y temor que le habían atenazado las tripas durante esos días por fin se desvanecieron.

-En realidad, no se la regalé porque, a cambio, él me dio un anillo que había pertenecido a su abuela. Me dijo que era para ti. Te va a encantar. Amá, es precioso.

Sin saberlo, aunque intuyéndolo, ambos sonrieron al mismo tiempo.

El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página.

Relato- Un viaje a la India

Esta es la primera entrega de un relato que he dividido en dos partes para que la lectura sea un poco más dinámica. Lo escribí hace unos años para un concurso convocado por una asociación de fabricantes de navajas de Albacete, o algo por el estilo, en el que debía figurar, como no, la palabra “navaja”. Me inspiré en mi propio viaje a la India y este fue el resultado. Espero que os guste.

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No sabía cómo abordar el tema. En un principio había pensado esperar hasta regresar a España para contárselo a su madre, pero la flojera de piernas que le había entrado con sólo imaginar el someterse al escrutinio de esa mirada dura y acusadora le habían llevado a desechar la idea por completo. Aun así, llevaba varios días posponiéndolo a la espera de una inspiración divina que le iluminara con la forma menos traumática de revelarle la noticia a su amatxu. Cada vez que pensaba en el tema le venía a la memoria la última conversación que había mantenido con ella:

– ¡Qué sí!

– ¡Qué no!

– ¡Qué la lleves!

– Que si la llevo me toca facturar y si facturo pierdo media mañana en el aeropuerto.

– Pues la pierdes, pero tú la llevas – dijo introduciendo la navaja en el bolsillo de la chaqueta apoyada sobre una mochila de trekking, ubicada en vertical junto a la puerta de la casa, como para remarcar que la discusión había terminado.

– Pero Amá, ¿qué más te da que la lleve que no?

– Ay Mikel, que esos países son muy peligrosos y me siento más segura si la llevas.

– Pero si es una navaja de bolsillo ¿Tú qué crees que voy a hacer con ella si nos vienen a atacar?

– Pues les asustas, que vean que tienes un arma. Además, así tendrás con qué cortar el chorizo envasado al vacío que te he comprado, que seguro que allí no tienen cuchillos. ¿No ves que lo comen todo con palillos?

– Eso es en China, no en la India.

– Peor me lo pones, esos comen con las manos, que lo he visto yo en un documental de los de la dos.

Se había quedado callado, observando a su madre desde su metro noventa de altura, con cara de resignación. Sabía que no le iba a ganar esa batalla al igual que no le había ganado ninguna otra a lo largo de sus casi treinta años de vida, así que trató de convencerla apelando a otras artimañas.

– ¿Y tiene que ser la navaja del abuelo? ¿No hay otra?

– ¿Cuál quieres llevar, pues?

– No sé, pero es que… ¿y si la pierdo?

– Como vuelvas sin ella te mato. Ya sabes el cariño que le tenía el abuelo, que siempre andaba con ella en el bolsillo. Se la compró al amigo de Albacete con el que hizo la mili.

– Sí, ya sé, conozco la historia. Que si le costó una peseta y su última botella de txacolí porque el albaceteño, que en el fondo quería regalársela, no podía hacerlo ya que las navajas no se le regalan a un amigo, pues cortarían la amistad.

– Eso es. Tu abuelo siempre creyó que esa navaja le había traído suerte y por eso quiero que te la lleves, para que te traiga suerte a ti también en esta locura de viaje que te has empeñado en hacer. ¡Anda que no habría un sitio más cerca para irte de vacaciones con tus amigos!

Había abrazado a su madre y con un “llámame en cuanto puedas” antes de irse, que, por cierto, no había cumplido, se despidieron. A lo largo de las dos semanas que llevaban ya de viaje se había limitado a escribir mensajes a su hermana cada vez que pillaban wifi para que se los transmitiera a los aitas, lo cual era bastante más barato que hacer una llamada internacional. Pero no podía seguir demorándolo más. Tenía que deshacerse de la culpabilidad que le estaba reconcomiendo por dentro o no sería capaz de disfrutar de lo que restaba de viaje.

Microrrelato-De reojo

                Yo no soy de esas personas a las que les gusta espiar a los vecinos de enfrente, pero es que desde el inicio de la cuarentena no pude evitar comenzar a fijarme en ella. Es delgada, pequeña, tiene el pelo completamente blanco, sus movimientos son frágiles a la par que elegantes y la rodea un aura de bondad de las que provoca ternura con solo observarla. La vi salir a aplaudir casi desde el primer día. Se colocaba en medio del balcón y aplaudía suavemente durante unos minutos antes de regresar al interior de su casa.

                Él tardó un poco más en dejarse ver durante los aplausos de las ocho. Calculo que sería hacia el octavo o noveno día.  Es alto y ancho de espaldas. No me atrevería a llamarle gordo, aunque bajar unos cuantos kilos no le vendría mal del todo, y conserva cuatro pelos negros mal peinados repartidos entre la nuca y las sienes. El primer día que le vi salir a aplaudir lo hizo con aire serio y el ceño fruncido, como si alguien le hubiera obligado a hacerlo. Dio dos sonoros golpes con las manos y volvió a meterse a su apartamento como si ya hubiera cumplido con eso.

                Aunque sus balcones tan solo están separados por un par de metros, viven en edificios anexos. Se podría decir que sus terrazas son un fiel reflejo de ellos. La de ella es pequeña y estrecha, pero cuidada e impoluta. Está repleta de exuberantes plantas entre las que se camufla como si fuera una más de ellas. La de él, sin embargo, es espaciosa, aunque está llena de trastos viejos apilados en sucios montones de entre los que sobresale algún cactus que ha vivido tiempos mejores.

                Al principio no intercambiaban ni una sola palabra. Ella continuaba aplaudiendo desde su rincón habitual, mientras que él se ponía a aplaudir desde la esquina más alejada a la de ella, como rehuyendo cualquier contacto con otro ser humano. Simulaba el uno que no se había percatado de la existencia de la otra y viceversa, pero, por mucho que fingiesen, no podían evitar mirarse de reojo, atentos a lo que hacía el otro.

                Con el paso de los días, él fue prolongando la duración de sus aplausos y, poco a poco, ganando centímetros en su avance hacia la esquina más cercana al balcón de ella. Todo esto, cómo no, mirando siempre por el rabillo del ojo. Finalmente, fue ella quien un día le dijo adiós antes de desaparecer tras la puerta, a lo que él respondió, azorado, con un ligero movimiento de cabeza. Cada día intercambiaban unas cuantas palabras más, adelantando su salida para los aplausos y retrasando la vuelta a sus casas otro tanto. Pero, aparte de eso, he ido notando otros cambios. Sutiles al principio, como el nuevo estado de limpieza que reina en la terraza de él o la ropa más moderna y colorida que ahora luce ella, y más evidentes luego, como el nuevo peinado que lucen los cuatro pelos que él conserva o los labios pintados de rojo de ella.

                Observar sus avances a lo largo de estas semanas ha sido de lo más entretenido que me ha ocurrido. Todos los días esperaba con emoción a que el reloj se fuese acercando a las ocho para colocarme frente a la ventana y ver cómo esas dos personas estaban cada día un poco menos solas. Sin embargo, desde principios de mayo la emoción fue sustituida por la preocupación. Ninguno de los dos salía ya a aplaudir a la terraza. Me pasé casi una semana temiendo que algo malo les hubiera pasado. Pero no, no podía ser. De haber caído enfermos, habría venido alguna ambulancia a recogerlos y yo me habría percatado de ello. La inquietud que sentía me llevaba a mirar por la ventana a todas horas por si en algún momento veía señales de vida en uno u otro apartamento; pero desde mi pequeña ventana solo se pueden espiar sus terrazas y allí ya no se veía movimiento alguno.

                Nadie se puede imaginar la angustia que viví durante esos días hasta que por fin volví a verlos. Paseaban juntos, pero separados. Al principio me costó reconocer que eran ellos, pues las mascarillas ocultaban la mitad de sus caras; pero no solo sus figuras eran inconfundibles, también lo eran esas miradas de reojo, atentos siempre el uno del otro.

Gracias a ti

Empezamos a compartir piso hace ya casi cuatro años. Desde el primer día la convivencia fue relativamente fácil, algo a lo que yo no estaba acostumbrada después de haber compartido piso con una decena de personas antes de venirme a vivir con ella. A esto ayuda mucho que la casa sea grande, con una sala y un salón, una cocina espaciosa, tres habitaciones y dos baños. Así, a la hora de la ducha ninguna tiene que esperar por la otra y cada cual limpia tanto su habitación como su baño. En la cocina apenas coincidimos y cuando mayor problema suele surgir, que es a la hora de escoger qué programa de la televisión se pone, una se va a la sala, la otra se queda en el salón y ya no hay motivo de discusión. Pues yo sé que de no ser así no habríamos durado juntas ni un año, ya que ella disfruta con el Sálvame, mientras que yo devoro maratones de episodios; ella es más de Trece y yo de Neox o de FDF y ella es de las que lloran con las películas de la siesta, mientras que yo soy de las que prefieren estar durmiéndola. En definitiva, que nos complementamos a la perfección y esa es la clave del éxito de que nuestra convivencia esté siendo tan larga y duradera.

Hace más de un mes, un viernes por la tarde, llegué de la oficina y le conté que nos mandaban a todos a teletrabajar. Al parecer, lo del virus ese del que todo el mundo estaba hablando era más serio de lo que habían dicho en un principio y lo más prudente sería que nos quedásemos en casa durante una temporada. Me costó un poco convencerla de que, hasta nueva orden, yo sería la única que saldría de casa cuando hubiese que ir al supermercado o a la farmacia. Los primeros días fueron muy difíciles para ambas. Siempre solíamos bromear con que si algún día se derrumbara el techo no nos pillaría a ninguna dentro, así que no poder pisar la calle nos suponía un auténtico reto. Y lo de no poder quedar con la familia y con los amigos ya ni os cuento, pues para nosotras es algo más sagrado que el padrenuestro. Pero a todo se acostumbra una y con el paso de los días, primero, y de las semanas, después, hemos ido perfeccionando nuestras nuevas rutinas: yo trabajo mientras ella limpia y cocina, platos tradicionales en su mayoría, aunque los fines de semana soy yo quien se pone el delantal para preparar recetas algo más exóticas y modernas; yo hago cardio, pilates o yoga mientras ella camina pasillo arriba y abajo y todos los días, sin excepción, a las ocho en punto salimos juntas a aplaudir al balcón.

Lo más curioso es que desde hace unos días ha empezado a darme las gracias cada vez que me voy a la cama. Noche tras noche el mismo ritual: «Que descanses y gracias». Ayer, por fin, me decidí a preguntarle el motivo de tanto agradecimiento.

—Abuela, ¿por qué me das las gracias todas las noches? —Ella me miró, desconcertada.

—Por cuidar de mí —respondió como si fuera algo obvio.

Entonces la observé yo a ella , incrédula, antes de atreverme a sacarla de su error.

—Abuela, creo que no lo has entendido —dije —. Tan solo me limito a hacerte compañía. Eres tú la que siempre ha cuidado de mí, así que soy yo la que debe darte las gracias a ti.

Y después de un mes sin apenas tocarnos, no pude evitar darle un abrazo.

Microrrelatos de película

Aquellos que me seguís en Instagrama (@ferferesther) ya habéis podido leer dos microrrelatos de 100 palabras de extensión que he escrito esta semana, inspirada en un reto lanzado desde un programa de RNE, en los que la premisa era incluir el mayor número posible de títulos de películas. Contando una historia, claro. Os invito a que los leáis y a que tratéis de averiguar en los comentarios cuántos títulos contiene cada uno y qué películas son las que habéis visto.

El que podéis leer como imagen de portada se titula Manhattan. Tuve la suerte de cumplir el sueño de visitar la “ciudad que nunca duerme” hace unos meses y he tratado de hacer un pequeño guiño a esta magnífica ciudad que está siendo uno de los lugares más castigados por el coronavirus en estos momentos.

Este se titula Origen y fue al seleccionar el título de Casablanca cuando surgió ese aire de novela negra, de espías en época de guerra.

El tercer y último relato se titula Olvídate de mí. Es el que más significado tiene de todos, ya que está basado en mi propia experiencia con la enfermedad. Espero que os guste.

En la planta cuarta convivo con el ángel exterminador. La piel que habito está al rojo vivo y la que era carne trémula ahora pertenece a la novia cadáver. Legado en los huesos llevo el espinazo del diablo. Me uno al club de la lucha, pero sé que al final de la escapada se pierden las grandes esperanzas. La historia interminable se acaba, me espera un lugar tranquilo con ángeles y demonios. Con la muerte en los talones oigo el silencio de los corderos y admiro la Metrópolis. El cielo sobre Berlín está tan cerca, tan lejos…

Caseló- Capítulo 4

                Desde la ventana de su consulta Carlota observaba el enorme pinar que se extendía desde el castillo hasta el horizonte. Había estado todo el día pensando en lo que el anciano la había aconsejado, pero por más que lo daba vueltas en su cabeza no encontraba sentido alguno a todo aquello del ciego y del sordo. Ni ella era ciega ni sorda y por supuesto que creía en todo lo que veía. Creía en la silla y en la mesa que tenía delante, creía en todos los libros y botes que llenaban los estantes de la biblioteca y sobre todo creía en los instrumentos que la ciencia había creado y que tenía guardados en el armario: la báscula, el metro, el estetoscopio, las gafas de aumento, el microscopio…

                Carlota se dio cuenta de que no había comprobado si aquellos aparatos funcionaban y, dado lo viejos y desgastados que estaban, sería mejor hacerlo ahora para tenerlos a punto y poder usarlos cuando viniera algún paciente. Sacó todos del armario y los puso sobre la mesa. Primero se subió a la báscula y comprobó que, efectivamente, señalaba lo que ella pesaba. También estiró la cinca métrica y se sorprendió al ver que alcanzaba más de los cinco metros, cuando lo normal es que no pasen del par ya que poca gente hay que sea más alta de eso. Luego, se colocó los extremos del estetoscopio en ambas orejas y se puso las gafas de aumento. Rápidamente se las quitó. No podía ser cierto lo que estaba viendo. Se imaginó que lo más probable era que estuviesen sucias, así que las limpió con la manga del jersey se las volvió a poner. ¡Imposible! A través de aquellas lentes estaba viendo decenas de pequeños seres alados que se movían de un lado al otro de la sala con plumeros, limpiando el polvo hasta en los rincones más apartados. Uno de ellos se posó en la mesa, cerca de ella, y comenzó a limpiarla y a frotarla con unos trapos que llevaba. Carlota estaba muy asustada. Se quitó las gafas. Ya no veía nada extraño. Volvió a ponérselas y, de nuevo, allí estaban aquellos seres y sus plumeros. «Seguro que son unas gafas trucadas» pensó. Estiró la mano para tocar al duendecillo que estaba cerca de ella esperando no sentir nada. Creía que su mano atravesaría el aire de un lado a otro ahí donde se suponía que estaría el cuerpo del duendecillo, pero cuál fue su sorpresa al ser capaz de apresar entre sus dedos a aquel ser tan diminuto, el cual, asustado, dio tal alarido que resonó como un trueno a través de los auriculares del estetoscopio que Carlota llevaba puesto.

— ¡Menudo susto me ha dado, doctora! — exclamó el pequeño, temblando aún de miedo.

— Esto no es real. Tú no eres real — dijo Carlota mientras volvía a posarlo sobre la mesa y comenzaba a pasear nerviosa de un lado a otro —. Esto es un sueño y cuando me despierte me reiré de lo tonta que he sido al creer que lo que soñaba era cierto.

— ¡Vaya! Más de una semana sin enterarse de nada y, ahora que por fin se entera, piensa que está soñando. ¡Esta sí que es buena!

                Los demás duendecillos, al escuchar el grito, habían acudido veloces a presentarse ante la doctora: «Mi nombre es Ardos», decía uno, «yo soy Linu», gritaba otro. Todos hablaban al mismo tiempo revoloteando alrededor de Carlota, empujándose entre ellos y haciendo gestos para llamar su atención.

— ¿Quiénes sois vosotros? O, mejor dicho, ¿qué sois vosotros? — preguntó sin creerse todavía lo que estaba viendo.

— La gente nos llama por muchos nombres — contestó el duende al que había agarrado Carlota —. En algunos sitios nos llaman gobelins, en otros leprechauns, también güijes, pero por estas zonas se nos conoce como trasgos. Aunque nosotros preferimos que nos llames por nuestros nombres, que para eso nos hemos presentado.

— Entonces… ¿sois vosotros los que os encargáis de mantener el castillo limpio? ¿Y de hacerme la comida todos los días?

— ¡Anda, claro! ¿Quién pensabas que lo hacía? ¿Un mago? — dijo uno de ellos —. Esos tienen cosas más importantes en las que emplear sus poderes. — Y según terminó de decir esto comenzó a reírse, siendo imitado por el resto, que también reía a carcajadas.

— Pues…yo…la verdad es que…creí que sería una limpiadora. — Los duendes dejaron de reír de inmediato.

— ¿Acaso está comparando nuestro trabajo pulcro e impecable con el que pueda realizar un simple humano? Acaba de ofendernos en lo más profundo de nuestro orgullo, doctora — replicó el que había dicho llamarse Linu mientras se cruzaba de brazos y ponía cara de enfadado. El resto de duendecillos lo imitaron.

— Disculpad si os he ofendido, no era mi intención, lo juro.  

                Según terminó de disculparse, todos volvieron a sonreír y a revolotear alegremente alrededor de ella. De pronto, el lamento más angustioso que nadie hubiera escuchado antes hizo que la tierra temblara, sacudiendo hasta los cimientos mismos del castillo. Los duendecillos se quedaron congelados en pleno vuelo y Carlota sintió cómo un horrible escalofrío recorría su cuerpo de arriba abajo. Antes de que pudiera decir nada, el alcalde entró bruscamente por la puerta y en un par de zancadas se situó junto a ella.

— ¿Lo habéis notado? — dijo mirando a los duendecillos.

— Pero… ¿usted también puede verlos? — preguntó Carlota.

— ¡Claro! Y ya era hora de que usted también empezara a verlos. Creo que ha sido la persona a la que más tiempo le ha llevado hacerlo.

— Pero… si todo el mundo lo sabía, ¿por qué nadie me ha dicho nada?

— Porque tiene que descubrir el mundo de la magia y de la fantasía por sí misma, doctora. No funciona si se lo cuenta otra persona, aunque veo que al final ha tenido que usar el atajo de los aparatos mágicos.

                Carlota no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Magia? ¿Trasgos? ¿Pero a qué lugar había ido a trabajar? El suelo tembló de nuevo, suavemente esta vez, y se paró. Y otra vez tembló y se paró. Cada vez temblaba con más frecuencia y con mayor intensidad.

— ¡Mirad! — exclamó el alcalde señalando a la ventana. — ¡Es Trino! ¡O no! Debe tratarse de algo muy grave para que venga al castillo.

                Los duendecillos se agolparon junto al cristal impidiendo a la doctora ver lo que ocurría al otro lado de la ventana. Tuvo que ir dándoles golpecitos en sus diminutos hombros para que la dejaran mirar a ella también, pero lo que vio la asustó tanto que comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás, alejándose de la ventana. De entre los pinos sobresalía un gigantesco árbol que, como si fuera una persona, caminaba hacia el castillo. En apenas unos minutos, el árbol recorrió la enorme distancia que los separaba y, pasando por encima de la muralla con cierta dificultad, se situó frente a la ventana por la que todos miraban.

— ¿Qué te ha ocurrido, Trino? — preguntó el alcalde abriendo la ventana.

— Me desangro… Me muero… — Y según dijo esto se desplomó cual largo era, derribando en su caída un tramo del muro que rodeaba al castillo.

— ¡Doctora, tiene que curarlo! — exclamaron los duendecillos al unísono.

— ¿Yo? ¿Cómo voy a curar yo a un árbol? Yo curo personas, aunque quisiera no sabría cómo hacerlo.

— ¿Para qué cree que están todos estos libros? — dijo el alcalde.

                Uno de los duendecillos voló rápidamente hasta la estantería y con una fuerza sobrehumana le llevó un enorme libro en cuya portada podía leerse: Fisiología y cirugía de los Ents.

— Pero… Me llevaría días leer esto. Yo no puedo, de verdad — apuntó Carlota hojeando el libro.

— Claro que puede. Llegado el momento sabrá lo que tiene que hacer. ¡Rápido! No hay tiempo que perder.

                El alcalde apremió a Carlota para que cogiera sus cosas y la guio por pasillos y escaleras hasta salir al patio de armas. Trino estaba tirado en el suelo, inconsciente, y de uno de sus troncos emanaba un líquido amarillo y denso que formaba un enorme charco a su alrededor. La doctora se acercó al lugar del que manaba la savia y la fue limpiando con cuidado para localizar la herida de la que salía. Sacó el libro de su maletín y, en cuanto lo abrió, las páginas se movieron solas hasta pararse en un capítulo que decía “Lesiones por arma blanca”. Carlota ya no estaba nerviosa. Sus manos se movían con destreza del libro a la herida y de la herida al libro, dando órdenes a los duendecillos que ejercían de ayudantes para que fueran a buscar hierbas y materiales con los que operar. La intervención duró horas y cuando Carlota por fin terminó, Trino ya se había despertado. Entre todos acomodaron al paciente y decidieron turnarse para atenderlo hasta que terminase de recuperase, lo cual llevaría solo unas horas, ya que los Ent se reponen muy fácilmente de sus lesiones.  

— Ha hecho un gran trabajo, doctora — la felicitó el alcalde —. Vaya a la cama a descansar, se lo ha ganado.

                Carlota había estado tan concentrada que no se había dado cuenta de lo cansada que estaba. Se despidió de todos y subió a su habitación. Se tumbó agotada en la cama, pensando en lo que acababa de vivir. Al final, resultaba que había conseguido lo que siempre había soñado: tratar enfermedades raras y exóticas. Aunque con la emoción la costó un poco, finalmente se durmió: no podía esperar a ver qué nuevas sorpresas la depararía el nuevo día.

FIN

(¿Por ahora?)

Caseló: Capítulo 3

                No los había visto venir y cuando por fin los vio ya era demasiado tarde para ocultarse. Estaba en medio de un prado, vigilando su rebaño, cuando el coche llegó y aparcó cerca de donde él se encontraba. Del automóvil se bajaron dos hombres que charlaban tranquila y alegremente. Trino los observó rodear el coche y abrir el maletero. A lo largo de su prolongada existencia, se había encontrado con muchos otros hombres como aquellos: hombres que buscaban un poco de paz lejos del ajetreo de la ciudad, excursionistas que querían explorar la zona o simplemente buscadores de setas que, viendo la facilidad para llegar hasta allí desde la carretera, escogían aquel prado para dejar sus coches y adentrarse en el pinar que nacía en uno de sus bordes. Sin embargo, esta vez se había equivocado al juzgarlos. No fue hasta que escuchó el ruido de una motosierra cuando se dio cuenta de cuáles eran las verdaderas intenciones que traían aquellos dos hombres. Cerraron el maletero y, con la motosierra encendida, se dirigieron directamente hacia donde él se encontraba. El primer contacto con los dientes metálicos le dolió tanto que a punto estuvo de gritar del dolor tan indescriptible que sintió recorrer su cuerpo de arriba abajo, pero después de tantos años guardando silencio logró no emitir sonido alguno. No podía descubrirse ante los humanos, así que se vio obligado a quedarse allí parado, silencioso e indefenso.

— Pues sí que está duro el árbol este — dijo el que sostenía entre sus manos la terrible máquina —, me está costando partir hasta la corteza.

— Eso es que no tienes ni idea de cómo usar una motosierra. Déjame a mí, anda, que yo tengo años de experiencia — sugirió el otro.

— ¿Años de experiencia? ¿Tú? No me hagas reír, Manuel. Dudo mucho que hubieras visto una motosierra antes de que yo te enseñara esta.

                Y entre broma y broma se iban intercambiando el aparato, atacando al tronco del árbol desde distintos ángulos sin lograr introducir la sierra más allá de unos pocos centímetros. Trino callaba y sufría con cada nuevo envite, aguantando el terrible dolor que aquellos dos hombres le estaban provocando sin ser conscientes de ello. Porque, ¿acaso hay alguien que sea capaz de hacer sufrir a otro ser vivo sabiendo el mal que le está haciendo? Trino estaba seguro, o por lo menos así quería creerlo, que de saber el daño que le estaban haciendo, hubieran parado al momento.

                No sabe cuánto tiempo duró aquel tormento, pero a él le pareció que había durado un día entero. ¡Qué digo un día! ¡Un mes, un año, un siglo y medio! Los hombres se rindieron, sudorosos, achacando la dificultad para talar el árbol a la mala calidad de la máquina que traían. Regresaron al coche desilusionados, pero no vencidos, prometiéndose el uno al otro regresar al día siguiente equipados de un material que fuera más duro y resistente. En cuanto el vehículo desapareció por el camino, Trino gritó todo el dolor que había ido acumulando. El prado, el bosque, la montaña entera se estremecieron con su llanto. Gimió y lloró todo lo que no había podido gemir y llorar hasta entonces y cuando se hubo calmado extrajo sus raíces de la tierra para comprobar el daño que le habían causado. Le faltaban trozos de corteza en ambos troncos, pero lo peor no era eso, al fin y al cabo, la corteza volvería a crecer con el paso de los años. No, lo peor era el corte que habían logrado producirle casi en la base, cerca de las raíces. De él emanaba su esencia, su savia, y si no lograba pararlo moriría desangrado.

Caseló- Capítulo 2

Poco a poco, Carlota se fue adaptando a las rarezas de su nuevo hogar. Por ejemplo, cuando era la hora de desayunar, comer o cenar, aparecía en su puerta una bandeja con la comida ya hecha. Además, las luces de la casa parecían obedecer a sus deseos, pues en cuanto pensaba que se estaba oscureciendo y ya no veía bien, se encendían ellas solas. No había ni una sola mota de polvo en ningún rincón del castillo, pero por más que lo recorrió nunca se encontró con la persona encargada de mantener todo aquello limpio y ordenado. Es más, nunca se encontró con nadie. Salvo con el alcalde, claro está, que siempre entraba a desearle los buenos días cuando llegaba a trabajar y las buenas noches cuando acababa su jornada laboral.

                Pasaban los días y allí no aparecía ningún paciente. Carlota sentía que estaba perdiendo el tiempo en aquel pueblo. «No he estudiado tanto para pasarme días sentada en una mesa esperando a que algún paciente se digne a entrar por la puerta», pensaba a menudo lamentándose de la mala suerte que la había alejado del hospital con el que siempre había soñado. No obstante, en algunas ocasiones la entraba el remordimiento al tener esos pensamientos: «Si no viene nadie es porque están todos sanos», se decía para consolarse, «y eso es bueno, no malo». Pero el aburrimiento la irritaba. Necesitaba hacer algo. Sentirse útil. Comenzó por revisar todos los papeles que había dejado el doctor Sancho. Sin embargo, su letra parecía un larguísimo cordón al que hubieran hecho miles de nudos sin orden ni significado. Es decir, que Carlota no comprendía nada en absoluto de lo que el doctor había escrito, por lo que pronto desistió en su empeño.

                Otro día decidió revisar los libros que había en la enorme biblioteca. La mayoría de los títulos la eran completamente desconocidos, así que esperaba encontrar en ellos nueva información que pudiera ayudarla en el futuro. Sin embargo, en cuanto comenzó a leerlos descubrió que las enfermedades que se describían en aquellos libros eran completamente ridículas y extrañas: uno de ellos hablaba de las patologías de las alas de las hadas, otro enumeraba las posibles causas físicas y emocionales por las que un mago pierde sus poderes y en un tercero encontró varios dibujos sobre la anatomía de los gnomos. En cuanto hojeó varios de los libros se dio cuenta de que aquello, más que medicina, parecía fantasía, así que también abandonó rápido la esperanza de adquirir nuevos conocimientos en aquella biblioteca.

                Carlota comenzó a desesperarse. Una mañana, harta de tanto esperar, decidió cerrar la consulta y acercarse al pueblo para presentarse a los vecinos. «Quizás», pensó, «no están viniendo al consultorio médico por miedo o por vergüenza, pero en cuanto me conozcan vendrán al ver que, aunque joven, soy una buena profesional». Se subió al coche, lo arrancó y enfiló por el camino que la había llevado hasta el castillo hacía ya más de una semana. Se había imaginado a sí misma llamando a las puertas de las casas para presentarse a todos los vecinos, pero ahora que lo pensaba más detenidamente no la parecía tan buena idea. Decidió entonces pasearse por el pueblo. Así, no sólo se haría una idea más detallada de cómo era, sino que además esperaba encontrarse con algunos de los habitantes y entablar una conversación con ellos para ir ganándose su confianza poco a poco.

                Las calles del pueblo estaban igual de desiertas que el día en que ella había llegado a Caseló. Sólo los animales se paseaban libres y a sus anchas por la carretera y las aceras. Perros, gatos, gallinas, vacas, patos, ocas, conejos, cerdos e, incluso, caballos. Al igual que Carlota los observaba a medida que paseaba, los animales se paraban para observarla a ella también. Notó una sensación muy extraña. Sentía como si aquellos animales la reconocieran, como si quisieran acercarse a ella. Aquel pueblo le parecía un lugar verdaderamente peculiar. Concentrada como iba en estos pensamientos, se asustó al notar que se golpeaba con algo y perdía el equilibrio. El choque no fue lo que más dolió, sino el golpe contra el duro suelo. Decenas de piedrecitas se le incrustaron en las manos y en el culo a consecuencia de la caída. Trató de extraerlas con cuidado, pero… ¡Ay! ¡Cómo escocía!

— ¡Levántese del suelo, por el amor de dios! — dijo una voz vagamente conocida.

                Al levantar la vista, Carlota supo por qué la voz que la hablaba parecía tan familiar: el señor de la carretera estaba justo frente a ella, mirándola de arriba abajo entre divertido e irritado.

— ¿Piensa quedarse ahí sentada todo el día? — preguntó el anciano tendiéndole su mano.

— Gracias — respondió ella aceptándola y levantándose con cierta vergüenza —. No me dijo el otro día que usted vivía aquí.

— ¿Y por qué debería habérselo dicho?

— Cierto. ­ — Carlota resopló con resignación. Para hablar con aquel hombre debía empezar a medir bien sus palabras o seguiría llevándose contestaciones tan directas y desagradables como aquella —. Un placer verle de nuevo.

                Carlota se sacudió la tierra y las piedras del pantalón y le hizo un gesto con la cabeza al anciano a modo de despedida, pero en cuanto se dio la vuelta para irse escuchó: «¿Ha atendido ya a algún paciente?». Ella se giró presurosa, deseando sonsacarle información que pudiera ayudarla a comprender por qué aún no había acudido nadie a su consulta.

— Pues la verdad es que no. Si le soy sincera, ese es el motivo por el que he venido hoy al pueblo. Me gustaría presentarme a los vecinos, pero la única persona con la que me he encontrado en todo este tiempo ha sido usted.

— Era de esperar — comentó el anciano, tan enigmático como siempre.

— Da la sensación de que el pueblo estuviese deshabitado — continuó diciendo Carlota —, salvo por los animales, claro.

— Sí, es normal que a un forastero le de esa sensación. Pero aquí vive más gente de la que usted pueda llegar a imaginar, se lo aseguro. Permítame un atrevimiento por mi parte. Una sugerencia o un consejo, como quiera usted llamarlo: no hay más ciego que el que no quiere ver ni sordo que el que no quiere escuchar.

— ¿Y qué me quiere usted decir con eso?

— Es algo muy sencillo, señorita, a veces, para ver, no basta con desearlo, también hay que creerse lo que uno está viendo. Eso o tener unas buenas gafas a mano.

— Sigo sin comprenderlo — dijo Carlota suspirando.

— Me lo imagino. Recuerde bien lo que le acabo de decir y cuando regrese a su consulta piense bien en ello. Tiene pinta de ser una chica lista, seguro que encuentra rápido el significado a lo que acabo de decirla.

Carlota se despidió del anciano y regresó al castillo aún más desconcertada que cuando había ido.

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